Leer Aguafuertes porteñas de Roberto Arlt.
Calificación: 4 estrellas
- Estos textos que con tanto ingenio ha escrito hace más de 70 años, el escritor argentino, nos han inspirado a Julia y a mí a escribir el siguiente texto. Espero que les guste. (Ahí va el texto)
Hay veces en que, de manera inaudita, uno encuentra un billete en la calle. ¡Que alegría te genera encontrar ese trozo de papel, tan sobrevalorado en los tiempos que corren!
Esta situación no se produce todos los días. Tampoco se sabe cómo se llegó a ese cuadro. Pero lo que sí se sabe, es que cada vez que se produce este episodio en la ciudad, se pueden encontrar diferentes tipos de personas que interactúan, por así decirlo, con el billete.
Si tuviéramos la oportunidad de ser invisibles por un día y poder observar cómo sobrevive un billete de 50 pesos perdidos en el medio de una vereda, nos toparíamos de seguro con aquel que, por miedo al qué dirán, sólo mira de reojo el billete.
Esos individuos, preocupados por el pensamiento de los demás que ni siquiera conocen, se pierden quizás de algún jugoso gustito. ¿Desde cuándo un argentino se pierde la oportunidad de tener 50 pesitos en el bolsillo?, de seguro ese no es argentino.
¡Que estúpido!, piensa uno que viene atrás. Había estado mirando al otro personaje, rogando que no lo agarrara. Este seguro que es argentino. Mientras se va acercando al billete, el individuo mira para todos lados. Se da vuelta en si mismo como un perro que quiere atrapar su cola, buscando talvez a algún policía, detective o, por qué no, una cámara escondida para una posible joda televisiva.
Pero no. Es su día de suerte. Sale sano y salvo de la situación… Y, (para seguir con la comparación) como perro con la cola entre las patas, sale caminando a paso acelerado y con una mirada que escruta los alrededores, buscando algún posible delator. Me corrijo, este no es argentino, talvez apenas se acerque a uno.
No crea que esto terminó aquí. También está el caso de un pseudo argentino, que con su mejor cara de "yo no fui" hace que se va a atar los cordones. Ésta es la mejor excusa que se le ha ocurrido para acercarse lo más posible al billete y comprobar que su mirada no le miente. No resulta demasiado obvio y tampoco se preocupa en si alguien lo ve.
Pero para llegar al último personaje, he aquí al que no le interesa aparentar. Aquel que no le importa si es una cámara oculta, una trampa, si lo están vigilando o el qué dirán. Así aparece en escena el personaje argento.
Caminando tranquilo y aunque prestando poca atención, no puede pasar por alto el billetito color violeta. Se frena de golpe, como si alguien hubiese tirado de una soga, atada a su cintura, hacia atrás. Vuelve a mirar el billete, se agacha y lo toma. Nuevamente lo observa en el aire y una sonrisa se pinta en su rostro.
Y en una circunstancia que no dura más de cinco segundos, se lo guarda en el bolsillo y sale caminando, tan tranquilo o más que antes, manteniendo la cara de felicidad. He aquí señores, al verdadero argentino, al hombre que lleva en sus genes la soberbia y el descaro. He aquí señores al verdadero dueño que el billete estaba buscando.




